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Saturday, December 12, 2015

Una tarde de diciembre

Aquella tarde de domingo estaba tomando unos mates en el fondo verde de mi casa cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Pedro que me ofrecía que fuera a visitarlo ya que unos amigos del campo estaban de visita. Esos amigos querían conocer mi Peugeot 403. Se ha hecho famoso entre mis amigos, familiares y conocidos.



Claro, porque he llevado novias, chicas que cumplían 15 años y hasta una señora que celebraba sus primeros 80 años de vida. Pero lo que pasó esa tarde calurosa de diciembre nunca tuvo antecedente, y no sé, si lo tendrá. Todavía me cuesta recordar y porque ha pasado el suficiente tiempo para olvidar algunos detalles.

Pero es sentarme a recordar, como ahora lo estoy haciendo, para que toda la historia aparezca en su esplendor como si se tratara de una película en 3 D, esas que se estrenan en esos cines raros. Claro que el costo de la entrada no es caro, sino que es la vida misma.

El recuerdo arranca borroso cuando recibí el llamado de mi amigo Pedro. “¿Te parece que vaya ahora con el calor que hace?”, le respondí a mi amigo del otro lado de la línea telefónica. “Si venite con el Yeyo así mis amigos lo conocen en persona”, me dijo Pedro tratando de convencerme.

“Dale venite que voy a preparar un asado para todos y, claro, estás invitado”, me dijo con un énfasis que no pude resistir. Creo que cuando dijo la palabra “asado” el olor, la fragancia, de la carne asándose al calor de las brazas, sobre la parrilla, logró completar no solo con imágenes, sino un aroma irresistible, la motivación para salir de casa.

“Me convenciste. Voy para allá”, le dije a Pedro y una exclamación de júbilo se sintió del otro lado del receptor. El turro tenía el teléfono en “manos libres” y todos sus amigos estaban gritando como quinceañeras en plena fiesta. Y sé de qué les hablo.

Terminé el último mate y acomodé todo, porque volvería tarde. Muy tarde volvería esa noche de diciembre, pero no nos adelantemos a los acontecimientos y sigamos la línea cronológica. Vale la pena no perderse ningún detalle de la historia. Todo encaja cuando se conoce el final.

Antes de salir para la casa de Pedro me pegué un baño rápido, en parte para sacarme la transpiración de ese caluroso domingo de diciembre de un verano que se anticipaba en todo su esplendor. Pero en realidad era también para lograr que la tarde dejara de ser tan calurosa. Total con el largo de los días la luz llegaba con comodidad hasta las ocho de la noche.

Porque Pedro quería que sus amigos del campo vieran al Yeyo con luz de día. Una vez acicalado me dirigí al garaje donde descansa, los días de hábiles de la semana, mi querido Peugeot 403. El “cuatro tres”, como le digo, dormía con un cobertor ajeno al polvo, ralladuras y miradas indiscretas.

Claro que comparte el lugar con mi auto de todos los días. Esos de ahora que no pasarán a la memoria de nadie cuando ya no estén con nosotros. Nadie derramará una lágrima sobre su capot. Salvo cuando le cargan nafta en la estación de servicio, si el cuatro ruedas es muy tragón.

Le saqué el cobertor de color azul oscuro, como el color de su carrocería, y lo acomodé prolijamente en uno de los estantes del garaje. Una pasada con un plumero especial que tengo y una repasadita con la franela inefable para dejar en orden los detalles de acabado. Tenía que lucir hermoso a los ojos de los amigos de Pedro.

Me había hablado hasta el hartazgo de esos amigos rurales. También me había contado lo fanático que eran, esos amigos, por los autos clásicos como el “cuatro tres”. Claro que Pedro les había dejado en claro: “el Yeyo de mi amigo no se vende”. Abrí la puerta y lo puse en marcha. Mientras el motor se templaba un rato abrí el techo del “cuatro tres”.

Es como tener una ventana en el techo y es una de las cosas que más me gustan del Yeyo, como le dice Pedro. Pero no solo a mí me gusta su techo corredizo sino que a las mujeres que conozco, y de todas las edades, le enloquece eso de poder ver el cielo en vivo y en directo.

Se podría decir que el techo corredizo del “cuatro tres” es un arma de seducción. Reconozco que lo he usado más de una vez en provecho propio. Como dice el viejo refrán “en el amor y en la guerra todas las armas están permitidas”. Pensando todo eso es que abrí el techo de mi querido Peugeot.

Abrí el portón levadizo y salí a la calurosa tarde de ese domingo de diciembre. No tenía idea de lo que me sucedería camino a casa de Pedro. Todavía me cuestiono porque giré a la derecha en cambio de ir por la izquierda, que era el mejor camino, a mi humilde entender. Pero son cosas de decisiones tomadas y a veces, como en este caso, erróneas.

Partí de mi casa con la intención de llegar a la casa de mi amigo Pedro para que sus amigos del campo vieran el “cuatro tres”. Pero el destino, o lo que sea, a veces se interpone en el camino. La casa de Pedro no está tan cerca de mi hogar y para llegar rápido tenía que ir por la autopista. Pero como hacía calor decidí hacer el camino más largo a cambio de ir bajo la sombra de los árboles del viejo boulevard.

En la siguiente cuadra doblé a la derecha buscando más sombra y alargando un poco más el camino a la casa de Pedro. Lo sabía. Lo que no sabía era lo que sucedería unos minutos después que marcarían esa tarde de diciembre a fuego. Ya entenderán porque les digo esto.

Habré hecho tres o cuatro cuadras cuando una mujer negra me hace señas en medio de la calle. Al lado de ella un auto nuevo estaba destrozado contra otros autos estacionados en esa cuadra. Pensé que había chocado alguien más y necesitaban de ayuda. La negra tendría unos 40 años de edad y tenía un estado atlético envidiable.

Un paréntesis en esta historia: las mujeres negras me pueden. Son mi debilidad, debo confesarlo públicamente para que se entiendan los sucesos venideros. Ver a esa mujer negra agitando todo su cuerpo en medio de la calle fue algo coreográfico. Hasta algo de música soul comenzó a sonar en mi cabeza y hasta juraría que la que cantaba era Aretha Franklin. Pero con el correr de los meses las cosas se han desperfilado un poco.

Detengo la marcha del “cuatro tres” al lado de la negra para ver qué necesitaba y me dice: “me tenes que ayudar”. Pensé en contestarle “si mamita lo que quieras”, pero dado los tiempos que corren no me pareció adecuado.

“¿Qué necesitas?”, le dije con lo que me pareció adecuado para la ocasión. “Llevame en tu auto”, dijo directamente sin rodeos. Por un momento pensé “este es mi año”, pero enseguida me cuestioné el hecho de subir a una desconocida de copiloto, y no porque fuera negra. Porque la verdad como dice Héctor Larrea “estaba más buena que comer pollo con la mano”.

“Subí”, le dije sin pensarlo más. En la cara de la negra se veía preocupación y no era cuestión de preguntarle si tenía los papeles al día o había traído la orina de la mañana. Se subió de inmediato y me gritó, “arrancá enseguida que hay poco tiempo”. “Poco tiempo para ¿qué?”, le pregunté con una cara que la movió a decir que ya me iba a enterar.

No tardé mucho en enterarme se los aseguro. “Mi nombre es Néstor”, le dije a modo de saludo. “Me llamo Blanca”, me dijo y enseguida agregó “no es un chiste, es mi nombre real”. “Me imagino que tus padres tienen un gran sentido del humor”, le dije. Ahí fue que me contó que todos sus hermanos tenían nombre de colores. Por un momento pensé que estaba dentro de un capítulo de “El Capitán Escarlata”.

Y vaya que se parecía a un capítulo de la serie de marionetas lo que me pasó esa tarde junto a Blanca dentro del “cuatro tres” y al calor de un diciembre que recién arrancaba. Como si se tratara de un partido nuevo.

Noté que Blanca estaba bastante nerviosa, pero, todavía no sabía que carajo había pasado con el auto estrolado en la cuadra, que habíamos dejado atrás. El nerviosismo de Blanca se manifestaba con constantes miradas para atrás nuestro. “¿Qué estás mirando?”, le dije sin sacar los ojos de la calle arbolada por la que íbamos.

“Ya te vas a enterar. Mejor si no sabes mucho”, me respondió en un tono enigmático que no me tranquilizó para nada. De reojo miraba a Blanca y comencé a darme cuenta que su ropa no era para nada normal. Parecía estar enfundada en un uniforme o algo por el estilo.

Será alguna de estas nuevas cadenas de comidas rápidas. Mac Bizcocho o Planeta Pizza. ¡Eso parece una moza de Planeta Pizza! Debo confesarles que escribo guiones para historietas de ciencia ficción, pero esos guiones son inventados de cabo a rabo. Pero Blanca, ahora caía, parecía escapada de un cuadrito de historieta y dibujada por el mismísimo Horacio Altuna.

Una exuberancia de mujer. Como Pampita de “El Loco Chávez”. O mejor aún las chicas de la tira “El regreso de Osiris”. Claro era un chico entrando en la adolescencia y esas mujeres dibujadas producían un estallido de hormonas dentro de mis arterias y venas. Ahora parecía que tenía sentada de copiloto a uno de esos personajes y de color negro. De un negro profundo como para perderse para siempre…

“No bajes la velocidad”, casi que me suplicó Blanca. Noté en ese pedido un llamado de ayuda y no iba a ser descortés con la dama negra. Pise a fondo al “cuatro tres” exclamando: “discúlpame”. “¿Le hablas al auto?”, me preguntó Blanca. “Sí”, me salió del alma. “Ustedes son raros, muy raros”, me respondió Blanca.

¿Ustedes? Dijo ¿ustedes? ¿Por qué? Iba a preguntarle eso cuando veo por el espejo retrovisor una camioneta Dodge Ram que se acerca como si la llevara el demonio mismo. Me va a pasar por encima pensé. Estaba tratando de dejarle paso a ese monstruo rojo que venía detrás cuando veo que Blanca se da vuelta en el asiento.

Se pone de rodillas sobre el asiento y luego se para sacando medio cuerpo por el techo corredizo y con algo en la mano. Giré para ver lo que hacía y sus caderas, sus anchas caderas me nublaron la vista. Recuperé el control para darme cuenta que Blanca le estaba disparando a la camioneta roja. Pero el sonido del arma que tenía en la mano no era el de una pistola normal.

Por el espejo retrovisor comprobé que le estaba tirando con una especie de rayo láser. Les juro que solo había tomado mate en mi casa y no tengo la costumbre de consumir drogas pesadas. Lo cierto era que Blanca le estaba tirando lindo y parejo a la Dodge Ram. Pero sin acertarle de lleno porque el piloto esquivaba cada tiro de Blanca.

Hasta que se me ocurrió una idea. “Agarrate fuerte”, le grité a Blanca. Lo hizo automáticamente. Le pegué un volantazo al “cuatro tres” para cruzarlo a lo ancho de la calle y de esta forma bloquear el paso de la camioneta roja. Era una locura. Pero eso obligaría a los que nos perseguían a bajar la velocidad y Blanca, al estar quieto el auto, mejoraría su puntería.

Resulto espectacular y el siguiente disparo de Blanca le dio de lleno en la trompa de la Dodge Ram. El capot salió volando como en las películas y el motor explotó en una llamarada. Sin pensarlo metí marcha atrás y enderecé el auto. Lo castigué sin asco y el “cuatro tres” salió despedido hacia adelante dejando el lugar exacto para que chocara la camioneta con un camión estacionado a mitad de cuadra.

La explosión y el ruido de vidrios rotos más chapas dobladas deben haber despertado a todo el barrio en al menos 5 o 6 cuadras a la redonda. Cuando tomé conciencia estábamos a unas diez cuadras del choque y la explosión de la Ram.

Detuve la marcha del “cuarto tres” y mirando a los ojos, ¡qué ojos!, de Blanca le pregunté: “¿qué carajos fue todo eso allá atrás?”. “Es largo de explicar”, me respondió. “Tengo el resto del día”, le respondí a manera de provocación y le agregué, “además creo que te salvé el pellejo”. Ya estaba usando el léxico de los globos de las historietas que escribo. ¡Y vaya si tenía guión esa tarde de diciembre!

“Te cuento pero seguí andando. Puede haber más buscándome”, me dijo Blanca. Le hice caso y reanudé la marcha del “cuatro tres” pero de forma normal, para no llamar la atención y para no destruir el auto. La historia que me contaría todavía no la puedo creer y no sé si ahora ustedes la creerán. Pero es la pura verdad de lo que me pasó. Perdón, nos pasó. Porque las cosas no terminaron en esa persecución a lo Hollywood. No señor todavía quedaban más acontecimientos para esa tarde.

“¿Por dónde empiezo?”, se dijo Blanca. “Por el principio. Como cuando le contás una historia a un chico”, le dije. Me miró con una cara que me hubiera gustado fotografiar para tenerla de por vida. Pero no tenía cámara a mano, pero sí la memoria visual y ahora la recuerdo con toda nitidez.

La cara de Blanca en parte era de compasión y en parte de resignación. Y un gesto me hizo comprender que me contaría toda la historia aunque no la creyera. Y así lo hizo. Y comenzó por el principio con el consabido “había una vez…”

Todo había comenzado en otro planeta, si en otro planeta. Y que no era de nuestro sistema solar, ni de nuestra galaxia. Pero aunque les parezca mentira hablaba como nosotros y era como nosotros. Y vaya ¡qué cuerpo tenía! Tampoco eran 40 sus años sino 400. Si lo que oyeron. Lo cierto que su pueblo estaba buscando un planeta que habitar. El de ellos: Esplendor se estaba muriendo. Lentamente su núcleo se fue apagando y la vida comenzó a declinar.

Ella, Blanca, era de un grupo de exploradores en busca de planetas que habitar. No para conquistar sino para encontrar la forma de mezclarse con los habitantes de ese planeta y poder perpetuar su especie hasta lograr hallar un mejor lugar en el universo.

Pero como siempre están los malos, igual que en las películas, que querían apoderarse de Blanca y sus adelantos tecnológicos. Yo solo me conformaba con quedarme al lado de ella para el resto de mi corta vida. Pero no todos pensamos igual.

Blanca estaba viajando a un punto donde una nave la rescataría para llevarla a otro destino. En realidad su trabajo de incógnito había terminado en la Tierra y debía reportar su investigación de campo. Blanca no solo era un soldado sino que era antropóloga o algo parecido.

Cuando me contó toda la historia le pregunté porqué había confiado en mí. Y su respuesta me conmovió: “porque tenés un auto clásico”. No podía comprender cómo era que nos entendía tan bien siendo que venía del cielo más allá de lo inimaginable.

La respuesta fue que hacía décadas que estaba estudiando a los habitantes de este planeta y conocía muy bien cómo pensábamos y cómo actuábamos. Blanca se había dedicado a estudiar el comportamiento de los argentinos con sus autos. Está demás decir que nos conocía al dedillo.

“Además me gusta mucho tu 403”, me dijo con una sonrisa que terminó de convencerme que esta mujer sabía mucho más de nosotros que nosotros mismos. “Ahora me tenes que llevar al punto de encuentro donde me vendrán a buscar mis compañeros”, me dijo muy seria Blanca.

Al rato, y luego de la historia de Blanca, ya teníamos nuevos perseguidores. Esta vez eran tres autos los que nos perseguían y no iba a ser tan fácil deshacernos de ellos. “Son tres autos que nos siguen”, me dijo Blanca al darse vuelta y regalarme otra vez ese final de su espalda enfundado en su uniforme intergaláctico. Digo por ponerle un nombre.

“Solo con tu arma no podemos detener a nuestros amiguitos”, le dije. Blanca me miró con un signo de interrogación en su bella cara. “¿Sabes usar una de estas pistolas?”, me preguntó. “No, pero puedo aprender, no creo que sea tan difícil de usar”, le respondí.

No claro que no era difícil de usar. El tema era acostumbrarse a su uso totalmente diferente a un arma terrestre. Pero todo se aprende con la experiencia. O al menos eso intenté.

Detuvimos el “cuatro tres” y buscamos un lugar seguro en donde enfrentarnos con los tres autos con sus perseguidores dentro. Aprovechamos una curva de la ruta con una lomada que nos ofrecía una excelente visión y puesto de ataque a nuestros perseguidores.

Blanca sacó de su bolso otra arma más pesada que la que ella había usado y me pasó su pistola que había puesto fuera de combate a la Dodge Ram. La verdad que pensé que pesaba menos. Al tanteo creo que pesaba como una Mágnum 44, alrededor de un kilo y medio.

No quiero pensar lo que pesaba ese pequeño fusil que Blanca había sacado de su bolso. Pero no era momento para tantear armas de combate de otro planeta sino de usarlas para salvar nuestro pellejo. Porque nuestros perseguidores no nos buscaban para charlar un ratito. Querían exterminarnos como a cucarachas.

Blanca me enseñó el uso de esa pistola con rayo láser, como en las películas de ciencia ficción, y la verdad me sentí como un chico. Aunque la situación no era para alegrarse sino para salvar la vida. El gatillo era sumamente sensible y me costó algo acostumbrarme. Casi no ofrecía resistencia.

Ya no había tiempo y dos, de los tres autos, ya estaba entrando en la curva. No lo pensamos dos veces y comenzamos a disparar. Mi primer tiro dio de lleno en una Toyota Hilux blanca que la dejó inutilizada por tener la trompa destrozada. La otra camioneta era una Ford Ranger gris y la tercera camioneta una Chevrolet S10 verde. Parece que a nuestros enemigos les gustaban los vehículos grandes, pesados y todo terreno.

Sin esperar los pasajeros, cuatro en total, se bajaron de la Toyota y nos arrojaron una lluvia de balas. Le respondimos el fuego con todo. Dos de ellos cayeron, no sé si muertos, pero no se levantaron más. Uno lo bajó Blanca, el otro cayó por mi disparo. Seguimos y terminamos con la dotación de la Toyota. Pero ya estaban llegando las otras dos camionetas y fue llegar y abrir fuego sin más trámite.

De a poco fuimos neutralizando a nuestros perseguidores. En realidad fui yo. Les destruimos las tres camionetas. Si alguien salía vivo no podría seguirnos en esos vehículos. Blanca no podía creer la puntería que tenía. Ella no se quedaba atrás y disparo que efectuaba era alguien que quedaba en el piso.

Cuando nos aseguramos que todos estaban, o muertos, o heridos, sin poder perseguirnos emprendimos nuestra fuga del lugar. El “cuatro tres” salió arando de la banquina y disparado por la ruta desolada en un domingo de diciembre bajo un sol abrazador.

“¿A dónde aprendiste a disparar de esa forma?”, me preguntó sumamente extrañada Blanca. “Con el Space Invaders”, le respondí con tranquilidad. “¿El video juego?”, me preguntó azorada. “Sí. Lo jugaba de chico y era imbatible. Hasta participé de un campeonato nacional que gané”, le dije con orgullo. “Esa puntería nos salvó la vida. Yo sola no tenía la posibilidad de neutralizar a todos los tipos de las camionetas”, me dijo Blanca con una voz que determinaba que habíamos pasado por un momento crítico.

El pie estaba a fondo y el “cuatro tres” volaba por la ruta que era un horno de cemento. Pero los dos estábamos contentos por haber salvado el pellejo. Viajamos muchos kilómetros y la tarde comenzaba a declinar. En una curva Blanca me indicó que teníamos que tomar un camino de tierra. En su mano tenía un aparato parecido a un GPS, de nuestro planeta, que le estaba indicando la señal de arribo de la nave con sus compañeros al rescate.

“Tenemos que seguir por el camino de tierra unos 5 kilómetros”, me dijo Blanca. “Ahí está por descender la nave que me llevará a mi planeta”, acotó. A esta altura de la tarde de ese domingo de diciembre nada me parecía raro, ni ya me asombraba. Había disparado a unas personas que no conocía. Seguro que a algunos de ellos los había matado. Era mi vida o la de ellos. Había destruido tres camionetas de alta gama y había hecho de chofer de una alienígena negra que estaba más buena que el dulce de leche a cucharadas. ¿Qué me podía asombrar esa tarde, casi de noche?

Nada, y que me dijera que una nave de otro mundo estaba por descender en nuestro planeta a menos de cinco kilómetros de distancia, ya no me parecía extraño. Llegamos al punto de descenso antes que la nave de Blanca aterrizara. La llegada desde el cielo no tuvo nada que enviarle a los efectos especiales de un tanque de Hollywood. Todo eso que vimos en cientos de películas fue igual y mucho más real. O al menos eso me pareció en ese momento al lado de Blanca.

La nave se acercó hasta una altura del suelo, como unos 5 metros, y quedó suspendida en el aire, se abrió una especie de escotilla en la parte inferior y un haz de luz, como si fuera un tubo, salió de ahí. En segundos una persona, un hombre con un uniforme similar al de Blanca, descendió desde la nave al suelo.

Atravesó el haz de luz y pude comprobar que también era negro. “¿Son todos de color negro en tu planeta”?, le pregunté a Blanca. “Sí, somos un planeta de gente negra. No es como en la Tierra”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja. El hombre se acercó a Blanca y le hizo un saludo como si se tratara de un superior.

Lo era. Blanca era la comandante de la flota que había venido de incógnito a la Tierra. Pero parece que algunos se enteraron de su presencia en la Tierra y por eso la persecución de la tarde en el “cuatro tres”. “Así que toda la tarde estuve en compañía de la comandante Blanca y nunca me lo dijiste”, le dije a ella.

“No era necesario que lo supieras en ese momento. Ahora lo sabes y sé que puedo confiar en vos. Nosotros confiamos en las personas que tienen respeto por la historia, y por ejemplo, cuidan de los viejos autos que supieron conseguir”, me dijo. “Eso me suena conocido”, le respondí. “Sí. Es el lema de una página dedicada a los autos del pasado. Deberías conocerla”, me respondió.

Acto seguido se metió la mano en uno de los bolsillos de su ajustado uniforme y me dio un aparato. “Esto funciona como los teléfonos celulares de la Tierra. Nada más que tiene un alcance interestelar. Cuando quieras hablar conmigo o necesites de mi ayuda. Llamame”, me dijo. También me dijo que no necesitaba cargar su batería que se recargaba con cualquier fuente de luz, natural o artificial.

Después se acercó y me dio un sonoro beso en la mejilla izquierda. Ahí noté algo desapercibido en toda la tarde. La suavidad de su piel y el aroma que emanaba de ella. Ambas sensaciones eran, y son, adorables. Le respondí el beso y no se negó.

Le contó a su subordinado que le había salvado la vida y que era una persona de confiar para el futuro. Me dijo algo así como que sería un embajador de su planeta Esplendor en la Tierra. Por eso también me dejo el intercomunicador interestelar que llamó “estarfon”. Como comprenderán ya nada me asombraba a esa altura de la casi nochecita. Los acontecimientos del día habían superado mi capacidad de asombro, al menos por un mes.

Ambos entraron en el tubo de luz y ascendieron a la nave que en unos segundos más se perdió en el cielo con la comandante Blanca para siempre. O no tanto. Me dirigí a mi viejo “cuatro tres” y antes de ponerlo en marcha le dije, “¡qué tardecita que tuvimos hoy! Hice girar la llave de contacto y me encaminé para la casa de mi amigo Pedro.

En el viaje decidí no contarle nada de esto, que ahora les narré. Total ¿quién me iba a creer una sola palabra? Opté por decirles que me había quedado dormido y cuando me desperté ya era casi de noche. Al asado llegué tarde, como era de esperar, y solo quedaba algo en la parrilla, que por suerte estaba calentito.

Mientras comía un chorizo y un pedazo de asado no me podía olvidar de la tarde pasada con Blanca arriba del “cuatro tres”. A veces pienso que nada de eso pasó y que me quedé realmente dormido en la siesta dominical de un diciembre caluroso.

Eso fue durante mucho tiempo. Me creí el cuento que les conté a Pedro y sus amigos del campo. Toda una enorme fantasía producto de alguna indigestión de un mediodía dominical de diciembre. Claro, hasta que una noche sonó el “estarfon”, que me había olvidado arriba de la mesita de luz. ¿A qué no saben quién era del otro lado?

Mauricio Uldane

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Saturday, November 28, 2015

Diferente a los demás

Nací y al poco tiempo me modificaron o me modificaron cuando nací. Nunca supe cómo había sucedido, pero sucedió. Fui creado para cumplir una misión en mi vida y la realicé con orgullo y dando lo mejor que tenía para dar. Ahora el tiempo ha pasado y estoy jubilado. Al menos eso creía hasta hace un tiempo atrás. Pero hoy es un día muy especial en mi vida.



Quisieron, los que me construyeron, que fuera especial, distinto a los demás que por ahí andaban. Claro por la tarea que me iban a encomendar desde el principio. Creo que cumplí cabalmente con la tarea asignada. Al menos no he tenido críticas. Y si las hubo nunca me enteré.

Tuve que hacer cosas en mi vida que no me gustaron, pero a quien no le ha pasado en su trabajo. Siempre está el jefe que te hace hacer una tarea horrible con la amenaza del despido. Todos alguna vez pasamos por eso, pero bueno acá estamos con la vida encima de todos estos años transcurridos.

Lo cierto que llevé personas que no eran las mejores del planeta. Gente, por decirlo de alguna manera, que no merecían el cargo que ostentaban. Habían llegado a él por la fuerza y de una manera prepotente. Eso a veces no podemos evitarlo, aunque ahora las cosas han cambiado y mucho. No será tan fácil que suceda de nuevo. Si hay alguien que defiende sus derechos, los que mandan, a veces, tienen que recular.

Llegó un tiempo, breve, muy breve, que las cosas cambiaron y los mandamás no eran puesto a dedo o por pistolas. Pero duró poco, pero al menos las cosas cambiaron por un rato, aunque no fue el mejor. En esa época un chico me veía pasar desde lo alto de un edificio por la avenida que pasaba.

En realidad era una pantalla y la persona que tenía que llevar se iba por otro lado. Pero casi todas las tardes pasaba por la casa del chico que me veía de espaldas pasar hasta el destino que me llevaban. Pero ese chico me veía y sabía quién era y a dónde iba. Cosas de la vida. Parece que a ese chico le gustaba mi trabajo.

Vieron épocas muy oscuras, como el color de mi uniforme, pero yo seguí prestando servicio como todos los días. Para eso me habían hecho, para servir de la mejor forma posible. Claro que era de padres inmigrantes, pero yo nací en este suelo y trabajé en este país. De eso estoy muy orgulloso de haber servido a mi lugar, ese que nací, trabajé y ahora dicen que me jubilé. Eso está por verse.

Pero como decía mi abuelita “los males no duran cien años” y las cosas cambiaron para bien de todos. Claro que hubo pérdidas, y muchas, pero yo seguía al pie del cañón como esos chicos en el sur. Una batalla pérdida, pero la guerra continúa y todavía no está dicho el final.

El pueblo se alegró de verme en otro papel en las calles. Mucha algarabía, alegría por lo recuperado y esperanza en que las cosas habían cambiado para siempre. Hasta ahora eso parece. Aquellos tiempos oscuros no volvieron.

Vinieron otros, pero yo ya estaba olvidado en alguna parte a la espera de un rescate. Un nuevo trabajo o un nuevo lugar. Fue lo segundo. Como cuando uno envejece las nuevas generaciones lo reemplazan. Casi como un destino escrito a fuego en nuestras vidas. Pero lo más importante es que no se olviden de nosotros, los viejos que servimos durante tantos años.

Si bien se preocuparon por acicalarme algo, caí en el olvido y me relegaron a un lugar donde no pasaba casi nada. Eso que se llama museo. Muchas veces con más ganas que plata. Así pasaban mis días y el polvo se juntaba sobre mi uniforme negro, que ya había perdido el brillo de otras épocas pasadas.

Pero una visita hizo que las cosas cambiaran. Lo vi en sus caras cuando los conocí por primera vez. “Estos tipos me van a ayudar”, pensé para mis adentros. El paso del tiempo me había hecho perder partes de mi cuerpo. Nada grave que las manos ingeniosas y los corazones grandes no repararan. Así fue.

Esos muchachos, ya les tomé cariño, hicieron todo a su alcance para dejarme en las mejores condiciones. Fueron varias visitas y muchos en el equipo. Cuando se quiere se pueden hacer cosas, que a veces pensamos que son imposibles.

Lograron que caminara de nuevo, y como alguien que ha pasado mucho en cama, me sacaron despacio a dar una vuelta a la manzana. Ver de nuevo las calles fue el mejor regalo después de tantos años de ostracismo y abandono. Todo comenzaba a brillar de nuevo. Hasta el sol me parecía más grande.

Hoy será un gran día para mí. Van a venir muchos a dar una vuelta conmigo y hasta hablarán de mí. Eso me pone muy contento. Hasta me prometieron que me sacarán a dar otra vuelta por la ciudad. Eso no tiene precio, caminar por las calles es mi mayor anhelo.

Pero lo más grandioso de todo es que hoy voy a conocer al chico que me veía pasar por las tardes desde ese alto edificio. Hoy conoceré su cara, claro que ya no será un niño, pero no importa. Al fin pondré rostro a alguien que me veía cuando estaba trabajando como el auto del presidente de la nación. Eso, es más que suficiente para mí.

Mauricio Uldane

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Saturday, October 24, 2015

Calle desierta

Como todas las mañanas me desperté temprano para ir a mi trabajo. Siguiendo la rutina, luego de desayunar, me dirigí a mi auto estacionado en la calle para ir a la oficina. La primera sorpresa del día: mi auto nuevo no estaba estacionado. “¡Me lo robaron!”, fue lo primero que pensé. Ahora con los acontecimientos acaecidos fue una estupidez de mi parte.



Ya era tarde para lágrimas y para hacer la denuncia. Así que volví a entrar a mi casa para buscar las llaves de mi Chevrolet 400. Dejé las llaves del nuevo colgadas y tomé las del Chivo. El Chivo duerme en el garaje de casa a buen resguardo.

Segunda sorpresa: el Chivo no estaba. Pero lo curioso que el portón del garaje estaba cerrado, sin llave pero cerrado. “¡Qué chorros tan prolijos”!, pensé. Se llevaron mis dos autos sin dañar nada. Justo que iba a volver a entrar al garaje lo vi. Enfrente estaba Don Abstemio López, lo llamamos así porque es el borrachín del barrio. López es su apellido, pero creo que ni él recuerda su nombre.

El tipo vive de curda en curda. No sé cómo está vivo todavía. Debe tener un hígado de acero inoxidable. Me cruzo la calle, que estaba desierta, y lo encaro a Don Abstemio. “¿No vio si alguien se llevó mis autos?”, le dije sin mucha convicción que me diera una respuesta razonable. Ya olía vino y todavía no eran las 8 de la mañana.

“Sus autos se fueron para el lado del río”, me dijo Don Abstemio señalando con el vaso vacío en su mano derecha. “¿Y quién se los llevó?”, le inquirí con cara de espanto. “Solos, los autos se fueron solos uno detrás del otro”, me dijo con una calma que solo lo podía dar el grado de alcohol en sangre que ya tenía en esa mañana de primavera.

“Como todos los autos de la cuadra”, me dijo y me señaló con el vaso vacío lo que no había visto: no había ninguno estacionado en la cuadra de mi casa. Es un lugar al que cuesta conseguir donde dejar el auto en la noche. En esa cálida mañana de primavera la calle estaba desierta. Ningún auto a la vista.

Tan loco estaba por la ausencia de mis dos autos que no me había dado cuenta al cruzar a mitad de cuadra para hablar con Don Abstemio. “¿Y dónde se fueron los autos de la cuadra?”, luego que dije “fueron” caí en cuenta que ya hablaba como Don Abstemio López. No había dicho robado. 

La respuesta de Don Abstemio me la temía: “se fueron para el lado del río. Solos, se fueron solos”, me dijo con mirada acuosa fijada en el horizonte de la calle hacia el río. Lo de “solos” me quedó retumbando en la cabeza por unos segundos. Era como si mi mente estuviera procesando eso de “solos”.

“Puedo ser el borracho del barrio, pero no soy ningún pelotudo para darme cuenta cuando un auto no tiene chofer”, me dijo Don Abstemio cómo si le hubiera insultado el honor de sus palabras. “No dudo de lo que me dice, es que no puedo creerlo”, le dije. “Yo tampoco, hace más de tres horas que tengo el vaso vacío y no tengo la fuerza para entrar a casa y llenarlo”, me dijo el borrachín del barrio.

Para su estado de vida estaba sobrio. Y eso marcaría un antes y un después en su vida. Como no podía dormir se había levantado de la cama y había salido a tomar el aire fresco de esa incipiente mañana de primavera de octubre. Ya estábamos a finales del mes y el calorcito era esquivo. Pero hoy no parecía que fuera hacer frío, todo lo contrario.

Como no podía dormir se paró en la puerta de entrada de su casa. Entonces, antes que el sol terminara de subir por el horizonte todos los autos de la cuadra se pusieron en marcha solos y se fueron para el río. Ese hombre me contaba eso para tratar de exorcizar semejante acontecimiento. Y ni siquiera había atinado a reponer el vino de su vaso vacío.

“Creo que no vuelvo a tomar un gota de vino en mi vida”, me dijo con cara de asombro. Creía que con eso espantaría de su mente lo que solo él había visto: los autos de la cuadra se habían idos solos. Me decía ser el único testigo de la ida de los autos rumbo al río. Aunque esto era una suposición de Don Abstemio.

No había pasado ningún auto desde que me crucé a preguntarle a Don Abstemio. Me volví para el garaje de mi casa en busca de mi vieja bicicleta. Esa que me acompañó como medio de transporte por espacio de 20 años. Ahora sería mi vehículo en busca de mis dos autos perdidos. Era como si algo, o alguien, los hubiera arriado como si se tratara de ganado mecánico.

Estaba dispuesto a averiguar qué les había pasado. Total no creo que nadie fuera a trabajar hoy. Si no había ni colectivos, ni taxis, ni autos, y dudaba que los trenes funcionaran. Así que descolgué mi vieja bicicleta y le inflé los neumáticos. Menos mal que hace algunos años me agencié de un viejo compresor que un chapista, que cerraba su taller, me lo vendió por unos pocos pesos.

Es uno de esos grandes que usan en los talleres de chapa y pintura. Más de una vez me había sacado de un apuro para inflar alguna rueda de mi querido, y ahora desaparecido Chivo. En especial cuando un domingo a la mañana temprano, justo antes de partir a un encuentro de autos, descubría que una de sus “patitas” estaba baja.

Tierra no tiene mi bicicleta porque hace años le hice una funda. Solo un poco de aire y estaba lista para llevarme a la verdad de lo sucedido a mis autos. Yo no sabía si iba a estar listo para reanudar el pedaleo luego de años de haberlo abandonado. Pero como dice el refrán “andar en bicicleta nadie se olvida”. Seguro que algo debía de estar oxidado en mi medio de propulsión…

Monté en mi bicicleta y salí despacio a la calle como para tomar temperatura en mis músculos olvidados del pedaleo. En la cuadra de mi casa me gané miradas de odio de algunos de mis vecinos por tener un medio de transporte alternativo. Creo que tarde o temprano todos andaremos en bicicletas en las grandes ciudades de este bendito planeta. Y no porque un funcionario gris de turno tuvo la brillante idea. Sino por necesidad de movilidad.

Era cierto, uno de andar en bicicleta no se olvida. Pero seguro que cuando volviera a mi casa no iba a olvidar que tenía algunos músculos perdidos en ciertas partes de mi cuerpo. Mi hablar de traste que me dolería por algunos días. Con esos pensamientos en mi cabeza terminé de comprobar que no había ningún auto estacionado en las calles, ni dentro de los garajes, algunos permanecían abiertos.

Muchos vecinos del barrio estaban reunidos tratando de ver qué carajo le había pasado a sus vehículos de locomoción. Yo ya tenía el mío propio y me estaba dando satisfacción. Debe ser por las endorfinas que se libera en el cuerpo por el ejercicio físico. Así que ahora mi meta era pedalear tranquilo, pero sin pausa, rumbo al río. Tal como me dijo Don Abstemio López.

Al andar me di cuenta que si seguía por la calle donde circulaba pasaría por delante de la casa de mi amigo Raúl. No hizo falta tocarle el timbre. Estaba como loco de un lado para otro buscando su preciado auto deportivo. El siempre se ha querido destacar del resto con sus autos. Si son rojos deportivos y con mucha velocidad final es su auto ideal. Como el que se había comprado solo seis meses antes y que seguro no había terminado de pagar.

De lejos lo vi a los manotazos. Mitad dentro de su garaje y la otra sobre la vereda. Hablaba con alguien pero no veía a la otra persona que estaba dentro del garaje. Era su mujer que parecía estar todavía en pijama y con todo el pelo revuelto. Claro el deportivo rojo de Raúl no estaba en el garaje. Eso no hace falta que se los diga.

Cuando paré justo delante del garaje de Raúl hice sonar mi bocina de pera de goma. Tiene un sonido que puede inducirte a error. Depende de donde la haga sonar parece un camión. Raúl pegó un salto, porque estaba de espaldas a la calle hablando con su esposa. Ella me saludó con la mano derecha. Es una mujer encantadora y simpática que nunca supe qué le vio a Raúl. 

Raúl es un tipo obsesivo que puede llegar a ser exasperante. Sin decir el mal humor que a veces tiene por las mañanas. Lo conozco del secundario y siempre fue así. Creí que cuando conoció a Marta, su esposa, las cosas cambiarían pero no, todo lo contrario. Pero en parte Marta era su cable a tierra. Era la que lo serenaba y lo volvía a la realidad.

Esa realidad que en esa mañana de primaveral parecía que se había ido de viaje junto con los autos para el río. Luego de repuesto del susto de la bocina de mi bicicleta, Raúl, se dio vuelta para ver quién era el estúpido. El estúpido, claro, era yo. Lo vi en sus ojos. Lo mismo que la sonrisa de Marta ante la reacción de Raúl.

“¿Qué haces en esa bicicleta?”, me gritó desde el portón levadizo y automatizado de su garaje. “Voy para el río”, le dije a modo de intriga. Me encanta hacerlo engranar. Además puede llegar a ser muy crédulo. Pero en la cara de Marta también vi pintada la duda con una mezcla de sorpresa por mi respuesta.

“¿¡Y qué carajos vas hacer al río!?”, me espetó en un grito desesperado tratando de encontrar una lógica a todo. Pero ese día la lógica parecía que se había quedado dormida o se había ido de viaje. Tal vez estuviera en el río. Lo iba a averiguar.

“Voy en búsqueda de mis dos autos”, le dije serio y me quedé esperando su reacción. No tardó en llegar el insulto y Marta que trataba de calmarlo. Una tarea inútil esa extraña mañana de primavera del mes de octubre, de finales de octubre.

Raúl no lograba entender que los autos, nuestros autos, se habían ido solo para el río. “Me lo dijo Don Abstemio”, le dije para tener una fuente segura de lo sucedido con los autos del barrio. “¿El borracho?”, me preguntó como si yo estuviera loco. Le dije que si y que nunca lo había visto sobrio como esta mañana. Hasta le dije que el vaso en su mano estaba vacío.

“Vamos”, me dijo resuelto a averiguar lo que le había pasado a su deportivo rojo. “Yo voy en mi bicicleta. ¿Y vos en que vas a ir hasta el río? Son como 10 kilómetros para ir a pie”, le dije a Raúl. Recién ahí tomó conciencia que en todo el barrio no había un solo vehículo a motor que estuviera en el lugar.

Se dio vuelta y le dijo a Marta: “prestame tu bicicleta”. Por supuesto que Marta de la dio de buena gana. No creo que tuviera ganas de lidiar con su locura desde tan temprano en la mañana. Lo que debo decirles es que Raúl siempre fue, es y será un recalcitrante machista. Algo anacrónico en los tiempos que corren.

El tema es que la bicicleta de Marta es de un subido color rosa chicle metalizado. Color que siempre le ha gustado a Marta y que Raúl odia con todas sus fuerzas. Así que debía de estar muy loco para subirse a la bicicleta de su amada esposa. Claro que era el último transporte disponible en varias cuadras a la redonda.

Marta usa a diario su bicicleta por lo cual no fue necesario inflar sus neumáticos como me había pasado a mí. Mi bicicleta verde al lado de la rosa de Marta parecía excesivamente seria y eso se notaba a la distancia. Pero los ánimos no estaban con la temperatura para mencionar ese pequeño detalle.

“Cuidalo por favor. Está reloco”, me dijo Marta al oído sin que Raúl se diera cuenta. Con un gesto afirmativo de mi cabeza le di a entender que lo haría. La verdad que estaba trastornado por descubrir que su amado deportivo rojo no estaba en el garaje.

“Arranquemos para el río”, me dijo en tono resuelto calzándose el casco de Marta, que como era de esperar hacía juego con el color de la bicicleta. Mi casco era negro, otra cosa que nos podía en un contraste impresionante, pero me guardé muy bien de señalárselo a Raúl.

Así partimos en busca de nuestros autos qué por alguna extraña razón, o fuerza, se habían puesto en marcha solos y su destino final, parecía ser, era el río. A los pocos minutos de pedalear en silencio, Raúl, me dijo “¡qué lindo es andar en bici! Me había olvidado de la sensación”. Era evidente que las endorfinas habían comenzado a tranquilizar, y cambiar el ánimo de mi amigo.

Cuando éramos chicos solíamos salir los dos juntos a pedalear por ahí. Solíamos perdernos por barrios y calles lejanas. Varias horas podíamos llegar a estar arriba de la bicicleta sin sentir cansancio alguno. Pero claro éramos adolescentes en plena ebullición primaveral.

En el camino al río no vimos un solo auto, camioneta, camión o colectivo en las calles que cruzamos y por las que circulamos. Lo que sí vimos fue a personas caminando o reunidas en algunos puntos de la ciudad tratando de descubrir qué había pasado. Nos sorprendió ver, a la vuelta de la esquina de la calle donde veníamos, a un policía a pie.

Al vernos venir en las bicicletas nos hizo señas para que nos detuviéramos. “¿Para dónde van?”, nos preguntó más como curiosidad que con tono de autoridad a cargo de la seguridad de los habitantes de la ciudad. “Vamos hacia el río”, le dije a modo de vocero oficial del equipo de rescate de nuestros autos.

“¿Al río? Donde se fueron los autos”, nos dijo el cana. Entonces Don Abstemio tenía razón, los autos se había ido para el río. Le dijimos que si y que tratábamos de saber que les había pasado a nuestros autos. “A mí me pasó lo mismo. Al salir de mi casa me encontré sin el auto estacionado en la cuadra. Pensé que me lo habían robado, pero cuando hablé con un compañero de trabajo me dijo que le había sucedido lo mismo. Ahí me dijo que los autos se habían encaminado hacia el río. No entiendo qué pasó”, nos dijo el policía de a pie con una cara de asombro que no me trajo tranquilidad.

Si la autoridad estaba desconcertada que nos quedaba a los ciudadanos de a pie, en realidad en bicicleta. En eso estábamos un paso adelante del cana. Nos dijo que iba caminando hacia la comisaría donde tomaba servicio para procurarse de una de las bicicletas de la fuerza. Nos despedimos del policía y le dijimos que nos veíamos en el río. Le llevábamos ventaja.

Seguimos pedaleando sin cansancio, cosa que nos parecía algo anormal, luego de tantos años de no subirnos a una bici. “Mañana nos vamos a acordar del paseo de esta mañana”, le dije a Raúl. Mi amigo afirmó mis dichos con un movimiento de cabeza. Lo dijo con algo de resignación. Pero todo el esfuerzo valía la pena para descubrir el destino de nuestros autos.

En mis buenos tiempos de ciclista podía hacer 9 kilómetros en media hora. Ya llevábamos unos 45 minutos de pedaleo y todavía nos faltaba un par de kilómetros para llegar al río. Claro que íbamos a una velocidad de pedaleo acorde a nuestro estado físico actual: lamentable.

Llegamos al río. En la costanera no había ningún auto a la vista. Pero algo en mi interior me decía que los autos estaban cerca, y que no eran pocos. “¿Dónde mierda están los autos?”, dijo Raúl retornando de inmediato a su pésimo carácter. Hay cosas que no cambian según pasen los años, y a veces para mal.

“Busquemos a los autos. Creo que están cerca”, le dije a Raúl para tranquilarlo en parte y porque estaba seguro que los autos estaban a poca distancia de ese lugar. Lo presentía y mis presentimientos los respeto. Aprendí a tomarlos en cuenta con el correr de los años. Antes no le daba bolilla y así me iba en la vida. Ahora cuando le hago caso a mis presentimientos, por locos que parezcan, acierto y me pongo a la cabeza en las decisiones. Eso en mi trabajo se convirtió en mi arma secreta.

Por alguna razón le dije a Raúl que fuéramos hacia el norte por la costa del río. “¿Por qué?”, me preguntó. No le dije que era un presentimiento porque mi amigo no cree en eso. Le dije que parecía más lógico que los autos se fueran para ese lugar porque era el más apartado de la ciudad. Lo cual era cierto. Mi teoría lo dejó tranquilo e hizo un gesto de afirmación.

Así que pusimos en marcha las bicicletas hacia la margen norte del río, justo en el sentido contrario de la corriente. Tampoco vimos ninguna embarcación navegando por las aguas del río. Todo parecía estar en silencio. Lo único que oíamos era el sonido del agua chocando contra las murallas de la costanera y el canto de los pájaros en primavera.

Zorzales, calandrias, horneros, palomas, gorriones y hasta cotorras nos ponían música en nuestro camino junto al río en esa mañana de primavera. Nosotros seguíamos en busca de nuestros autos perdidos, o extraviados.

Adelante el río hacia una curva hacia la izquierda por lo tanto no veíamos más adelante hasta que entráramos en la curva. Al entrar vimos todo y nos quedamos petrificados. Los autos de la ciudad estaban todos juntos unos 500 metros más adelante. Autos, camionetas, camiones y hasta colectivos estaban estacionados de trompa hacia el río como si estuvieran en misa.

No lográbamos entender qué pasaba. Nos fuimos acercando de a poco y descubrimos que la cantidad de autos era inmensa. Nunca en mi vida había visto tantos autos estacionados, en esa cantidad, ni de esa forma. Estaban tan juntos unos contra otros que apenas quedaría un centímetro entre auto.

Ningún humano podría haberlos estacionado de esa forma. ¿Cómo hubieran hecho para salir del habitáculo? Era imposible abrir las puertas. Por eso era que la cantidad de autos era incalculable y todos de trompa al río con los motores apagados, como rezando. Eso era lo más loco de toda la situación. Pero algo más increíble nos quedaba por ver.

Apoyamos las dos bicicletas a la sombra de un árbol y nos sacamos los cascos. Con Raúl estábamos tratando de entender qué había pasado con nuestros autos, que todavía no habíamos visto en ese mar de autos. Nos quedamos un rato debajo de la sombra reparadora del árbol pensando qué había traído a los autos hasta este lugar apartado.

Ni siquiera se podía caminar entre los autos estacionados, porque como estaban de juntos de lado, lo estaban de trompa con cola. Apenas un escaso centímetro los separaba. Para poder avanzar había que saltar por los techos y capot. Cosa que no pensábamos hacer con Raúl. No había ninguna seguridad que no se pusieran en marcha solos como lo habían hecho para llegar hasta este sitio.

Tampoco habíamos visto a nadie más que estuviera en el lugar. Hablábamos de eso cuando vimos que el policía que nos cruzamos en el camino hacia el río, aparecía en la curva. Le hicimos señas y se acercó hasta nosotros. La cara de asombro del cana nos decía todo, estaba tan desconcertado como nosotros. No podía dar crédito a sus ojos.

“¿Qué están haciendo?”, nos preguntó el policía. A dúo le dijimos que estaban rezando. Ante la cara del cana le dijimos que al menos eso era lo que parecía. Seguía sin poder creer lo que sus propios ojos le transmitían a su cerebro. 

“¿Vienen más policías?”, le pregunté. Me dijo que sí pero eran pocas las bicicletas. Así que la mayoría se estaban desplazando a pie. Iban a tardar al menos una hora en llegar todos. Para cuando llegaran todo habría estado resuelto. En ese momento no lo sabíamos.

Los tres mirábamos a los autos tratando de descular este entuerto, cuando algo comenzó sonar. Era como un motor, pero a su vez no lo era. Un zumbido o algo parecido. Las aguas del río comenzaron a agitarse de repente y algo comenzó a emerger, como si se tratara de un submarino. Claro que no lo era. 

Lentamente una esfera gigantesca de un color negro muy brillante emergía de las aguas. La superficie parecía pulida a espejo y de un material desconocido para nosotros tres. El zumbido era cada vez más agudo. Los autos encendieron todas sus luces como si se tratara de un saludo.

Acto seguido todos los vehículos estacionados de trompa al río se pusieron en marcha y comenzaron a acelerar rabiosamente. “Están gritando”, dijo Raúl que ahora parecía que había logrado entender la extraña situación que nos tocaba vivir. “Sí, eso parece”, le dije a Raúl tenía mucho sentido común dado los acontecimientos que estábamos viendo.

Mientras la esfera negra brillante seguía elevándose sobre las aguas. Cuando estuvo como a unos 15 metros sobre el río comenzó a girar. Primero lento y luego con una rapidez que nunca había visto en mi vida. Los autos seguían enloquecidos acelerando a fondo. Pensé que luego que todo esto terminara, porque sabía, presentía, que acabaría, muchos propietarios tendrían problemitas con sus motores.

La imagen que asaltó mi cabeza en ese momento fue la de un grupo de fanáticos de alguna secta en presencia de su líder. Espero que no se suiciden saltando en masa hacia el río. Pero me guardé de decírselo a mis dos compañeros de la extraña experiencia, ¿paranormal? No lo sabía. También podía ser algo extraterrestre. Dudas, muchas dudas en mi cabeza.

La esfera giraba enloquecida y comenzó a cambiar de color. Pasó por toda la gama de colores que conocía y algunos que ni imaginé que existieran, como si no fuera de este planeta. El zumbido era ensordecedor y si le sumamos el rugido, por ya era eso, de los motores, todo parecía una fanática imagen de una pseudo religión.

Lentamente la esfera comenzó a elevarse y algo noté en los autos que me puso la piel de gallina. Los autos estaban levitando. Habían abandonado el suelo, más o menos, en unos 50 centímetros. Seguían acelerando a fondo y ahora comenzaron a hacer sonar sus bocinas. No solo gritaban, ahora saludaban a la esfera que había vuelto a ser negra brillante.

La esfera seguía su camino al cielo. Pero por suerte los autos habían vuelto al piso y no parecía que fueran a precipitarse al río. Simplemente le daban la despedida a la esfera negra que los había atraído al río en aquella cálida mañana de primavera de fines de octubre.

En un abrir y cerrar de ojos la esfera negra se esfumó en el cielo y los autos apagaron los motores y las luces. También sus bocinas dejaron su loco sonido atronador. “¿Qué fue eso?”, dijo el policía. “No tengo la más puta idea”, le dije. “Pero seguro que no era de este planeta”, le agregué.

El tema era cómo íbamos hacer para devolver los autos a sus lugares. En eso pensaba cuando nuevamente se pusieron en marcha. “¿Y ahora qué?”, dijo Raúl. Rápidamente nos dimos cuenta que pasaba. Como si los autos respondieran a una orden preestablecida, comenzaban a regresar, solos, al lugar de dónde habían venido.

Lentamente se pusieron en marcha y se armó una larga caravana. Tanto Raúl, como yo, vimos pasar a nuestros autos en perfecto estado. “¡Ahí va el mío!”, gritó el policía señalando uno de color verde claro. Su cara se iluminó. “Me costó mucho comprarlo”, nos dijo a modo de excusa.

Los tres decidimos que lo mejor era no tocar nuestros autos y que volvieran a casa solos. Además ninguno de los tres tenía encima las llaves de nuestros respectivos autos. Las habíamos dejado en casa pensando que nos los habían robado. Nunca pensamos que si lo encontrábamos no tendríamos forma de ponerlos en marcha sin romper algo.

Nunca pudimos saber qué pasó esa mañana de primavera, pero lo que sí entendimos fue que no tuvimos autos por varias horas. Alguien, o algo, nos hizo ver cómo sería nuestra sociedad sin autos: un verdadero desastre. 

Ahora, a la hora de escribir estas líneas, les cuento que vendí mi auto nuevo. Conservé el Chivo que uso los fines de semana y para ir a encuentros de autos. Para moverme en la ciudad uso mi vieja bicicleta verde. ¡Ah! Lo paso a buscar a Raúl por su casa y nos vamos pedaleando a nuestros trabajos. Eso sí, Raúl se compró una bicicleta roja con un montón de cambios. El deportivo lo vendió. Y mi vecino de enfrente, Don Abstemio, hace honor a su nombre.

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Saturday, October 10, 2015

¿Sabes manejar?

Tengo la teoría que la vida no es una línea recta, como muchos dicen. Creo que la vida es un gran círculo, que de tan grande que es, no nos damos cuenta de su forma curva. Como lo es la tierra donde vivimos. Pero no termina ahí mi teoría, sino que se completa con que esos círculos, que son nuestros propios destinos, giran como en una órbita y se superponen con los círculos de otras personas.



Es así como en la vida que transcurrimos sobre este bendito planeta, a lo largo de nuestras vidas, nos cruzamos con las mismas personas varias veces, o hasta vamos por ese camino en simultáneo. No sé si habré descubierto una nueva escuela en filosofía, pero ahora tengo mucho tiempo para pensar en esas cosas. Antes no lo tenía. Claro que antes las cosas eran bien distintas.

Para entender toda la historia hay que arrancar por el principio, sino no entenderán nada de lo que me pasó, y me pasa en la actualidad. Mi presente, que ahora es mi futuro. Es complejo pero ya entenderán claramente, por supuesto si es que llegan a leer esta narración que les escribiré a continuación.

Amo los autos clásicos desde siempre. Me crié en una casa donde mi abuelo y mi padre estaban vinculados a los autos de alguna manera. Y casi siempre autos que ya eran viejos para su época. Es decir que hoy diríamos que son clásicos. Pero en aquellos tiempos se les decía que eran autos viejos. El finado Paganini me dijo alguna vez “no es viejo, es usado”.

Y de eso se trata en parte esta historia que les voy a contar hoy. De cosas usadas, que a nosotros nos parecen viejas, pero que para otros pueden ser maravillosas y únicas. Eso es lo que pasa cuando no se tienen esas cosas, o peor se perdieron para siempre.

Mi amor por los autos del pasado me hizo adquirir un Peugeot 403. No hay tantos, pero los que sobrevivieron al paso del tiempo se encuentra muy bien. Como el mío de un color cremita encantador. Ese auto era mi pasión, perdón es mi pasión y mi actual trabajo. Sí, como escucharon mi trabajo en la actualidad que me toca vivir.

Pero sigamos con el hilo conductor para llegar a este momento donde escribo estas líneas. Tratando de explicar, y explicarme, qué pasó en todo este tiempo desde que salí de mi casa aquel domingo rumbo a un encuentro de autos. Al que por alguna circunstancia nunca llegué. Pero acá no termina la historia sino más bien empieza.

El camino al encuentro era largo, porque se hacía algo lejos de casa. Así que tempranito partimos el 403 y yo. Sin otra compañía más. No había logrado que nadie se interesara en ese encuentro y en parte fue mejor dado lo que sucedió ese domingo.

El grupo de amigos fierreros, con los cuales salíamos en caravana a los encuentros, todos tenían algún compromiso o estaban enfermos o el auto roto. Así se dieron las cosas, como un destino prefijado en la agenda de un ser más poderoso que uno. O simplemente las coordenadas se alinearon de esa forma porque me tenía que tocar a mí.

No lo sé y creo que nunca lo sabré. Pero no tengan dudas que pienso mucho en eso. Ahora tengo todo el tiempo del mundo. De eso se trata: del tiempo. Eso por el cual corremos durante toda la semana, el mes, el año y se nos termina yendo la vida, y no tenemos tiempo.

Si algo saqué en limpio de todo lo que me pasó, y me pasa, es a valorar el tiempo de otra forma. Lo que lamento es no poder estar cerca de mis amigos fierreros para compartir ese tiempo de sobra que tengo ahora. Claro que mis amigos deben seguir corriendo detrás del tiempo. Y este les lleva mucha ventaja en la carrera.

Salí de casa en esa destemplada mañana de primavera. El tiempo, estaba algo loco. En el invierno no había hecho el frío que solía hacer por estas mañanitas primaverales mucho más iluminadas. Solo éramos el 403 y yo por las desoladas calles del barrio, y de la ciudad. Lentamente enfilamos, con paso cansino, hacia la autopista que nos sacaría de la ciudad para meternos en los lejanos suburbios. Nuestro destino final.

Al cual nunca llegamos. Muy poco tránsito. Algún que otro trasnochado con el volumen del equipo de audio al mango, y seguro con algunas copas de más. Por eso con el 403 guardábamos la prudente distancia. Como evitando un accidente, cosa que es imposible de hacer.

Pasamos el peaje y la chica se alegró de ver un auto tan viejo. “¡Qué lindo auto que tiene!”, me dijo con una sonrisa que me levantó el ánimo. Hace mucho tiempo, ya no recuerdo cuánto, que las mujeres más jóvenes no me tutean. Eso lo ponía muy mal a mi amigo Marcelo. 

Un día se apareció por mi trabajo con una cara de preocupación. “Sabes que una chica de colegio me preguntó la hora y no me tuteó”, me dijo espantado. “A mí hace rato que me pasa”, le respondí. Lo cual no lo reconfortó en absoluto. Además como no me va a tratar de usted si estoy blanco en canas.

Claro que algunas de esas canas las tengo desde los 15 años. Pero tiene sus ventajas. A veces te ceden el asiento en el colectivo o en el tren. Para muchos las canas son síntoma de vejez. No saben el encanto que tienen. Algún día las mujeres maduras lo descubrirán y dejarán de ocultarlas bajo una capa de tintura.

Pero volvamos a la autopista y la estación de peaje. Le agradecí a la gentil empleada y puse primera para seguir mi camino al encuentro. Algunos otros clásicos hacían sonar la bocina cuando pasaban junto al 403. Respondía de la misma forma. Es como si perteneciéramos a la misma manada: fierreros empedernidos.

Con el 403 manteníamos una velocidad crucero, total era temprano y no teníamos apuro en llegar. Además estábamos solitos. En cualquier huequito nos podríamos acomodar. En eso estaba cabildeando cuanto veo que delante de mí hay un desvío de la autopista. Seguramente sería un arreglo de esos que hacen los fines de semana para aprovechar el poco tránsito a estas horas. Porque a la tarde la autopista de regreso a la ciudad podía ser un mar de autos.

Pensé que el desvío nos llevaba a la calle colectora, paralela a la autopista, pero no fue así. Directamente nos sacaron de la autopista a un camino transversal. Había personal de la autopista y de tránsito del lugar. Camino que parecía vecinal con solo dos carriles, uno de ida y otro de vuelta.

Nada de tránsito, lo cual me llamó la atención. Seguía muy nublado el cielo y parecía que se venía la niebla. Adelante divisé un nuevo cartel indicándome que retomara la autopista. Lo hice y seguía solo en la ruta al encuentro de autos.

La niebla se comenzó a espesar en forma rápida y muy densa. Tanto que tuve que encender las luces del 403 y gracias a las lámparas amarillas lograba ver algo del camino. Al menos veía las demarcaciones de los carriles de la autopista.

Estábamos en un bajo y la neblina era más densa, cuando comenzamos a subir se empezó a despejarse y el día comenzó a ser luminoso. Como si alguien hubiera corrido un velo. El sol, ahora brillaba, y calentaba, como no lo  había hecho en las horas anteriores en esa fresca mañana primaveral.

Un auto me pasa muy rápido y ni siquiera alcancé a ver qué modelo era. “Estos autos nuevos son todos iguales”, pensé para mis adentros y proseguí mi camino hacia el encuentro de autos. Del carril contrario divisé otro auto nuevo, muy aerodinámico, pero raro a lo que tenía visto hasta ese momento.

“¿Qué marca será?”, pensaba mientras en mi cabeza buscaba la ficha de ese auto que acababa de cruzarme en la autopista. Otro auto me pasó rápido y tampoco pude reconocer ni marca, ni modelo. Lo notable era lo silencioso de la marcha.

Según mis cálculos la próxima salida era la que tenía que tomar para ir al encuentro de autos. De reojo miré el mapa que había impreso y si estaba en lo cierto. Pero al llegar al lugar la salida no estaba. “Me habré pasado durante la niebla”, pensé y busqué un sitio en la banquina para detenerme y consultar con tranquilidad el mapa impreso.

En eso estaba, tratando de dilucidar lo ocurrido, cuando un auto, al que no escuché, se detiene delante de mí. Seguía sin reconocer marcas y modelos. “¿De dónde salieron todos estos autos nuevos que no reconozco?”, seguía pensando. Cuando la puerta del auto detenido se abre con un sonido a aire y hacia arriba como el famoso Alas de Gaviota.

“¿Y esto de dónde salió?”, mascullé por lo bajo. Del auto descendió una mujer joven morocha con una ropa que más parecía el traje de cuero de un motociclista. Muchas cosas raras para esta fresca mañana, ahora no tanto, de domingo. La mujer venía con paso decidido hacia el 403.

Cuando se pone al lado de la ventanilla baja de mi auto me dice: ¿sabes manejar? La miré algo asombrado por la extraña pregunta. En especial porque estaba sentado al volante del 403. “Claro y tengo registro”, le dije con un tono burlón. “¿Puedo verlo?”, me preguntó. “Ahora caigo es un nuevo servicio de control de tránsito y nunca los había visto”, me dije para mis adentros mientras buscaba en mi billetera la licencia de conductor.

“Tenes billetera”, me dijo con una sonrisa que logró que el día se iluminara aún más de lo que estaba. “Esta mina puede derretir un glaciar con solo sonreír”, pesé para mis adentros pero lo guardé en mi mente sin proferir palabra. Le extendí el registro y la tipa al verlo me dijo: “está vencido”. 

“¡Cómo vencido si le faltan tres años para renovarlo!”, casi le grité. “Se venció hace 97 años me dijo”, la morocha con otra de esas sonrisas demoledoras. Mi cara de asombro la puso sobre aviso. Y con una mirada indulgente, ¡y qué mirada!, me dijo que estamos en el año 2115. Casi me muero de un infarto.

“Me estas tomando el pelo”, le dije. A lo que ella me respondió: “no se que significa esa frase, pero creo que me lo imagino”. No podía creer lo que me estaba diciendo a la vera de una autopista camino a un encuentro de autos. Comencé a pensar que era una cámara oculta para algún programa de televisión.

Pero en eso veo pasar otro de esos autos raros y termino de comprender, muy a pensar mío, que estaba 100 años en el futuro. No me pregunten cómo, pero había pasado. “¿Qué día es hoy?”, le dije como para que me demostrara que me mentía. “Domingo 11 de octubre de 2115”, me dijo y el alma se me fue al piso. Era cierto o me estaba tomando el pelo de la mejor forma posible.

“Por eso te pregunté si sabías manejar. Ahora nadie lo hace y estoy tratando que alguien me enseñe, pero no hay autos como el tuyo para hacerlo”, me dijo la morocha muy convencida de sus palabras. Seguía sin creerle una sola palabra. Hasta que paré el motor del 403 y me bajé. “Mostrame tu auto”, le dije a la morocha y ahora la sorprendida era ella.

Me bajé del auto y fuimos hasta su auto. La sospecha que me había asaltado la mente había tomado cuerpo. El auto estacionado delante del 403 no tenía volante, ni nada que se le pareciera. “¿Cómo lo manejas?”, le pregunté. “Le digo donde quiero ir y él va solo”, me respondió muy suelta de cuerpo. Les dije que el cuerpo era similar, o mejor, que la sonrisa y la mirada. Bueno lo eran. La morocha era un monumento de mujer.

Ahora si que la cagaste, pensé para mis adentros. La pregunta era cómo volver a mi tiempo. A ese domingo 11 de octubre de 2015. Según la morocha no había manera. Algunos habían pasado, como yo. Pero volver no había ninguno que lo pudiera hacer. Además esto solo pasaba cada 100 años. ¡Y justo me tenía que tocar a mí!

“¿Me enseñas a manejar?”, fue la pregunta de la morocha. “¿Cómo te llamas?”, fue mi respuesta. “Alexia”, me dijo con otra sonrisa asesina. Le dije mi nombre, que entre paréntesis le encantó, y le dije que sí, que le enseñaría a manejar. Qué remedio tenía perdido en el futuro, 100 años adelante.

Por supuesto que las clases serían en el 403, no había autos que se manejaran en esa época. Hacía más de 50 años que no había autos de ese tipo y tampoco autoescuelas que te enseñaran. Para qué si los autos andaban solo de aquí para allá sin chocar unos con otros. Los accidentes de tránsito era cosa del pasado. De la prehistoria como me dijo Alexia y me sentí por un momento como un dinosaurio descubierto en una piedra fósil.

Alexia estaba a punto de doctorarse en historia automotriz. Sí, como lo leyeron, historia automotriz. Incluso había una Universidad del Automóvil de donde salía doctores y licenciados en historia automotriz. No podía creer lo que escuchaba de la boca de Alexia. Está demás decir que conocía a la perfección el 403. Modelo, marca, características técnicas y demás.

También me contó que mucha información la había tomado de un sitio en la red. Aunque no lo crean Internet existe y mucho mejor que lo que teníamos en 2015. Ese sitio que hablaba de los autos viejos de un día para otro dejó de publicar notas diarias y nada más se supo del editor.

Claro pensé si estoy 100 años por delante quién carajo va a escribir las notas. Pero no se lo dije en un principio a Alexia. Iba a ser mucha la emoción y quería conocer un poco más de este mundo nuevo para mí. Le enseñé a manejar el 403 y para mi sorpresa lo hizo rápido y con mucha destreza. Ahora tengo chofer y lástima que no tenga femenino, porque Alexia se lo merece.

Cuando le confesé que el editor desaparecido de la red era yo me abrazó con una fuerza que casi me desmayo. Pero la cosa no terminó ahí. No solo fue el comienzo de otra vida para mí. La que ahora tengo. Alexia habló con el decano de la Universidad del Automóvil y terminé dando seminarios, clases y ahora dirijo una cátedra. Nunca pensé que terminaría como universitario y encima profesor.

Claro que tengo técnicamente más de 150 años de vida. Alexia parece una mujer de 30 años y en realidad tiene casi 50. La vida en este tiempo es mucho más larga y casi podré vivir unos 80 o 90 años más. Con lo cual superaré los 200 años. Pero claro me salté 100 de vida real.

Alexia ya se doctoró y con lo que gané en la universidad me pude construir una casa frente al río. Sí, porque luego de una sudestada gigantesca que ocurrió hace más de 40 años la costa se convirtió en una reserva ecológica de más de 100 kilómetros de extensión. Solo se permiten casas de cierto tipo. Esa es la mía.

Ahora puedo ver el amanecer en el río y en las noches de luna llena no necesito encender la luz de mi casa vidriada. En realidad nuestra casa. Sí, nuestra porque ahora vivo junto a Alexia, primero alumna, luego doctora y ahora compañera de vida. En esta vida nueva, ya que la anterior la perdí para siempre.

Pero no quejo, solo a veces me asaltan recuerdos del pasado y me pongo algo triste. Alexia logra volverme a la realidad y todo se pasa rápido. Hasta tengo un sucedáneo del petróleo para el 403. Alexia lo cuida más que yo. ¡Ah! Comenzaron a fabricar repuestos para el 403 y existe la posibilidad que reaparezcan los viejos autos que supimos conseguir. Todo gracias a un sitio de Internet y su editor desaparecido.

Pero eso es mi futuro ahora que vivo 100 años más delante de todo. Creo que me voy a quedar para ver resurgir esos autos de la prehistoria, como les llaman acá, es decir ahora, mi presente.

Mauricio Uldane

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